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El olor de los sueños

Cuando duermo, repto por tu piel , navego tus sábanas como una salamandra. Respiro el aire de tu boca entreabierta , me sumerjo en tus poros dulces.

Te enroscas en mi como una serpiente, me aferro a ti como a la última luz de la tierra. y tu me hablas en silencio, para no despertar nunca…

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Ojos

Me sumerjo en la laguna de tus ojos.

Tu silencio tiene el color de las algas.

En el fondo de tus pupilas habita un esqueleto.

Busco en el fondo de tus ojos un lugar donde sujetarme, donde parar mi caída, pero la nada me atrae como una luz oscura.

El descenso me hace bella, mi cabello es una medusa y pequeños caracoles se pegan a mi piel.

Pienso que la muerte puede esperar ahora que empiezo a adormecerme.

El final no tiene sonidos, Aquí en la penumbra, nadie encontrará mis dulces huesos.

Reloj de arena

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Caminar por la arena de un vientre

pisando la espuma después de la marea.

No encontrar un recodo de piel sin soledad tibia.

Saber que el tiempo pudo ser más mío y la  sombra menos sola.

 

Pero siempre es tarde y el reloj da vueltas,

dejando la  playa boca arriba,  y a sus caracoles, cayendo como lluvia roja.

Hiriéndome de muerte, ser de pasado,

que nunca olvida.

Amo mis huesos de vainilla

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Amo mis huesos de vainilla, así empieza esto, amando la luz que cae sobre mi piel y dibuja claramente los huesos de mi cuello. Mi cuello es una escalera.  Imagino como seré de muerta y me asusto. Con los años he adquirido la franqueza de no adornar las cosas, de no darles la vuelta para hacerlas más suaves y sin aristas. La muerte ronda siempre que tengo los ojos abiertos, el miedo inminente a la nada.

Pero como decía… amo mis huesos, como la piel tirante brilla en las articulaciones marcadas, como cuando se doblan las rodillas la parte más prominente de la rótula estira la piel y la hace luminosa. Amo acariciar las puntas de mi cuerpo. Siento las costillas cuando voy pasando mis dedos por el tórax, las cuento y me detengo en los pechos pequeños y duros por el agua caliente, la temperatura nunca es la misma, la ducha se calienta y se enfría  súbitamente y paso de quemarme a congelarme en un segundo.  La cintura es fina y hace una curva bajo el pecho, me gusta encajar la mano en esa curva y golpear ligeramente la piel. El pequeño hormigueo que dejan las palmadas en la piel caliente me da placer.

Parecería que voy a empezar a hablar de cómo me toco, como bajo por mi abdomen por la pequeña prominencia en el ombligo, como paso los dedos por las cicatrices que cubren mis caderas pero ahora no, no voy a hablar de eso, hoy solamente evidencio  la masa de mortalidad que  me conforma, esta capacidad para deleitarme en lo que no tengo, este talento mío para la insaciabilidad.

Mi cuerpo es bello de cerca, la piel brilla como el alabastro y es blanca. De lejos se pueden ver las pequeñas arrugas, pecas, lunares e imperfecciones, la piel de cerca es como una playa, como la  textura continua  de la arena, de lejos en cambio veo el volumen alterado por la edad de lo que fue un cuerpo turgente, vegetal y que provocaba fruición.

fuego fatuo

Pretendo que no existes, que te has desvanecido, como una voluta de humo que se deshace hermosamente en el aire, de la que solo queda el recuerdo.

Las formas se desvirtúan y la memoria se disipa, dejando la nada encendida, la evidencia pequeña de un calor pasado.

Solo me queda de ti el olor a lluvia, la huella vacía, el dolor en el pecho, la masa informe de las palabras atrapadas en la garganta. Me quedan las flores que le puse a tu sepulcro. Las manos extendidas para tocar tu rostro.

Me queda la certeza de que nunca me leíste, de que pasé por tu lado silenciosamente, llena de aire, en un idioma extraño y antiguo que tu alma joven no sospecha.

Fui dejando señales, en todos los caminos, palabras escondidas, círculos de luz, huesos, y mariposas muertas.  Nunca me seguiste a casa y ahora me he quedado sola, es mi última noche.

Me cantaste para adormecerme antes de la muerte.

Estuve volando demasiado cerca todo este tiempo, a punto de quemarme, en un fuego fatuo.

Cadáveres

Tengo sueños recurrentes de cadáveres que me atrapan. Anoche tuve un sueño lúcido, estaba en una casa gris, en ruinas, los muebles se desmoronaban, había desorden y dolor, formando una masa de frío y pesadez. Había un par de niños que parecían demonios y me pedían su atención a gritos, se burlaban de mi, me jalaban de los brazos. Sus pequeños rostros de retorcían. Yo tenía mucho miedo. De pronto yo tenía un cadáver sin huesos entre mis manos, lo usaba como un trapo viejo para espantarlos y rezaba padrenuestros en una suerte de exorcismo. Consciente de la atmósfera maligna intentaba despertar sin conseguirlo. Uno de los falsos despertares fue en la cama de mi madre. En el segundo, real, tenía la boca seca, como llena de arena y no podía respirar. Seguía rezando.