La cerveza y el valle

Parece una miniatura.

Los días donde recorría la ciudad a la deriva en tu auto, escuchando rock a todo volumen han quedado muy lejanos. Ahora tengo la resignación del condenado. En confinamiento entre 4 extensas paredes de ladrillo cultivo mi jardín secreto. El jardín secreto tiene luces pequeñas y mariposas monarca, colibríes y de vez en cuando alguna araña. Escorpiones bajo la bañera y flores amarillas.

Las memorias se me hacen dolorosas aún, no solo la tuya, tengo una herida abierta desde hace tiempo, mis sueños se llenan de la vida que deseché y aún anhelo. Me has contado que sigues ese camino de lágrimas pero no te veo cruzando el umbral y no deseo sufrimiento alguno para ti.

Tal vez tu pequeño corazón solo tenga frío y la graciosa línea de tu boca se disuelva en el café de la mañana. Tal vez la nada ha existido y deba aceptar el pequeño encierro, y la vida corta y tranquila. Ahora tengo una conversación trivial con un amigo y extraño tus ideas profundas y tus ojos , como los extraño.

La ceguera de la cerveza avanza y desdibuja los contornos de los objetos, mi vista no es perfecta y aveces esa es una condición mágica que me permite ver el doble contorno de los objetos, una cuarta dimensión, luces de estrella , destellos variables.

Tengo aquello que he construido, solamente la verdad, mi jardín secreto.

Soltar todo y largarse

Que maravilla…

Como es arriba es abajo y como es adentro es afuera. Aquí adentro hay un aburrimiento pálido y una sensación inmaterial de ligereza.

Debo soltarte totalmente, soltar el hilo conductor de mis pensamientos, lo he tenido sujeto mucho tiempo, sigo caminando y enrollando aquella madeja del tiempo destejido, mis memorias contigo han sido destruídas , reducidas a una sonrisa ocasional y a la cáscara arrugada de lo que fue un maravilloso fruto redondo.

Mis sueños están hechos con piel de lobo, el aroma persiste y las fauces me aterran pero me es imposible escapar de aquel lugar eterno. He pensado que yo soy parte del lobo. Soy incapaz de devorarme a mi misma, tan pronto secciono una parte del predador, sangro y me siento morir. Cuando pretendo salir y combatir me convierto en presa. Me devoro mi propia cola como ourobouros.

Estoy consciente de que nunca vas a leer las señales, no vas a entender nada cariño mío. Te falta una vida entera. Yo solo le pido a la fuente que te mande un rayo de luz directamente entre los ojos. No hay forma alguna de desenredar este koan. A menos que el creador así lo quiera.

Margarita de las aguas 3

Felipe

Felipe partió de este mundo un 10 de junio. Una mañana que manejaba su taxi renault 4, modelo clásico, con la pintura perfectamente pulida.

A la hora en la que los gallos cantaban, salía a hacer carreras al extremo sur de la ciudad, donde a las 7 am tendría que recoger a dos gemelas de 3 años y llevarlas a la escuela. A las 9 recogería a la irritable directora de una compañía de correos y la dejaría en su trabajo y el resto del día tomaría las carreras que no salieran de su ruta centro sur.

Cuando a las 11 y media sufrió de un mareo, no se sorprendió en absoluto ya que no había desayunado bien ese día porque se despertó quince minutos más tarde. A las 11 y 46 no sintió las piernas cuando paró como pudo en la tienda de don Pedro y pensó que con un perico y pan de bono todo se arreglaría, pero quince minutos más tarde, se encontraba tendido en el piso, bañado en su propio vómito y sacudiéndose como un poseso.

A las 12 y 30 declaraban su muerte mientras Margarita y su madre esperaban afuera del hospital.

Margarita sintió un golpe en el pecho a las 12 y 15 cuando Felipe se despedía de su cuerpo y un olor dulce y nauseabundo se instaló en su nariz provocándole arcadas durante todo el día.

Margarita no recuerda haber subido al auto de su suegro ni haberse desmayado durante el camino. Se encontró en su casa con un té de manzanilla en el regazo y su suegra mirándola con los ojos inflamados y rojos.

Felipe se habia ido para siempre y la certeza de su serena compañía, sus días inocentes, sus carantoñas, las pequeñas cartas de amor y sus manos delgadas y tibias. Margarita no sintió tanto amor por Felipe como cuando se dio cuenta de que lo había perdido.

Nunca volvería a escuchar su dulce voz ni pelearía más para que él se cortara las uñas de los pies. De pronto se sintió mala y pensó que el universo, la virgen, Jesús, Dios y todos juntos le habían quitado su novio por ser tan mal agradecida, indiferente y tirana.

Siempre pensando en ella y Felipe siempre a su lado escuchando, abrazando, haciendo nada más que vivir para Margarita. Eso le dijo su suegra en un momento de dolor airado en el entierro y ella sólo pudo llorar y después no dormir durante 3 días, pensando en el cuerpo frío y sólo, con una plancha de cemento encima, tan solo el pobre Felipe con los enormes ojos cerrados para siempre.

Llueve en Bogotá siempre que muchas personas lloran y un aguacero infame se llevó autos, tapas de alcantarillas, muebles y mascotas en un río pantanoso que todo el mundo recuerda en el barrio la Camelia, justo el 17 de junio, 6 días después del entierro de Felipe.

Margarita se dedicó a vaciar su casa con baldes como una barcaza que se hunde, completamente sola, viendo como el techo se caía a pedazos sobre su cuerpo, hundiéndose por fin, bajo las aguas que siempre la acecharon.

Margarita de las aguas 2

No se exactamente que le ha pasado a Margarita, pero pienso desde hace un tiempo que puedo ser un alma dividida en dos cuerpos en lugares distintos, aprendiendo a vivir. Las voces de esos otros seres viven dentro de nosotros desde el pasado hasta el futuro infinito. Así, que solo voy a escuchar y a dejar que Margarita nos hable.

Tengo frío, tanto frío. Las paredes son grises y los cables de la luz se ven como venas abiertas recorriendo las bajas paredes , a la altura de la cama hay un interruptor sin su cubierta , cuando lo toco y mis uñas rozan los cables siento un pequeño corrientazo. Barro todos los días la casa pero el polvo se acumula en el cemento, y el piso se desgasta, barro y quito la capa superior del piso cada día, recojo pequeñas piedras, cadáveres de bichos varios.

Mi casa es lo mejor que he tenido, dos de las puertas interiores no tienen chapa, y la puerta que da al patio trasero no tiene ventana de vidrio por lo que he colocado una bolsa transparente para cubrirla. Muero de frío en las noches y respiro mi propio baho, la capa de cobijas es siempre gruesa y pesada, como una lápida.

La casa gris adornada de flores, guirnaldas de colores y mis fotografías favoritas. No puedo perforar las paredes delgadas, la casa se vendría abajo, pego las fotos con cinta adhesiva que con el tiempo va desgastando el papel y volviéndolo amarillo. Cada mañana reviso mis zapatos antes de ponérmelos, he encontrado arañas y escorpiones antes de calzarme. sacudo siempre mis zapatos, se me ha hecho ya costumbre.

Hoy hace un frío particular, enciendo velas para entibiar el ambiente, me gusta una que huele a canela, la canela hace sentir el estómago templado también. Tengo pan en la despensa pero me hace falta panela, un agua de panela me vendría bien con este frío. Llueve como si el cielo fuera el mar , como si nos hubieran volteado el mundo. y mi casa tiene goteras, muchas. Pienso que es buena idea recoger el agua en baldes para lavar la loza después.

Lucho cada día contra la desintegración. Quiero que todo permanezca pero todo inevitablemente se destruye. Tengo que pelear mi puesto cada día, en la buseta, en la calle, en la vida. Hay personas que nacen con todo resuelto, y yo no, si me dejo de mover me hundo y a veces me dan ganas de ahogarme simplemente. Me alcanza para lo justo, debo ahorrar para lo imprevisto y nada de eso cubre los gastos de reconstruir la casa.

Me gustaría tener un perro grande para que me cuide, podría dormir conmigo y calentarme, a mi mamá no le gustaban los perros. Felipe es muy niño de mamá y no vendría a vivir conmigo, ahora que lo pienso Felipe es como un perrito faldero.

Quiero dormir pero esta noche el sueño se ha espantado, tengo miedo pero no a los espíritus, que va, hay cosas peores. Las goteras son peores que los espíritus y el frio intenso en las mejillas. El estómago crujiendo como una puerta vieja, eso es peor. Se que hay personas mas desafortunadas, yo tengo casa , el amor fiel de mi Felipe y una vida por delante. Ahora apago las velas y dejo que el sonido del goteo constante me duerma poco a poco …

Margarita de las aguas

Anoche soñé que tenía otro cuerpo y otra vida, voy a contarles un poco acerca de eso.

Ella es menuda y trigueña con ojos grandes y rodeados de espesas pestañas como alas de mariposa. Sus cejas son delgadas, altas y tiene una constante expresión de desidia en los ojos. Su cabello es rizado y largo y escaso. Su cuerpo es pequeño, de senos como limones y caderas estrechas casi adolescentes. Ella camina rápido, atolondrada y sonríe a quien la mira.

A pesar de su talante de ratoncita mojada, es orgullosa y malhumorada. Se suele pelear con la señoras de los almacenes de su barrio cuando va a hacer el mandado .

Margarita tiene 22 años y se ha quedado sola, huérfana. Sus padres ahora fallecidos, oriundos de un departamento cercano a Cundinamarca, la habían mandado a estudiar a Bogotá y le dejaron en herencia una casa a medio construir de la que ella está muy orgullosa en un barrio de estrato 2.

La casa de Margarita tiene paredes sin enlucir, grises, de bloques de hormigón pero perfectamente adornadas con cuadros de flores de colores brillantes y recortes de paisajes. El techo es de zinc, mide posiblemente unos 50 metros cuadrados, su dormitorio tiene un gran ventanal interior que da a la sala y una cama grande con cabecera imitación Luis 15, con la pintura cuarteada heredada de su abuela.

Ella tiene un novio delgado y moreno, un muchacho lánguido que aguanta su agrio carácter, al que ella presume siempre, de que es una mujer que se busca la vida sola, que estudia y tiene casa propia. Felipe, quien aun vive aún con sus padres y no ha visto la necesidad de salir del nido materno, mira a Margarita con ternura y admiración infinitas.

Margarita va a estudiar todos los días y toma 3 colectivos para llegar a la universidad. Estudia incansable la carrera de comunicación social, está en el segundo año. Viste todos los días con faldas largas y chaquetas de pana que le van muy grandes. No tiene muchos amigos, solo un par de amigas que la frecuentan cada semana para estudiar.

La habitación de Margarita está llena de ropa sin doblar, la sala tiene muebles de todos los estilos acomodados indistintamente y un gran ventanal que da del comedor a la calle donde puedo ver que se desata un lluvia brutal que va a inundarlo todo. Es el año de 1993.

Palidece

Subrepticiamente abrumada por la loca idea de dejar de anhelarte.

La casi nada expira animada por la celotipia de un recuerdo.

Y el ladrón palidece bajo su propia sombra incómoda, palidece la tristeza también y el delicioso desvarío.

Ahora vuelvo esperarte desnuda en la puerta, como si el final hubiera sido solo un mal chiste, o un sueño.

Que después de tanto tiempo te despiertes en mis brazos debe ser sin duda una fiebre, un estado comatoso, un preludio inconexo de piano.

Podemos gritar al unísono y acallar una voz con la otra, producir un profundo silencio donde aún sin saberlo nos amamos.

Un animal de monte (un relato zombie)

Parece una carne normal, pero la piel es algo correosa, percibo un pequeño almizcle al final de cada mordisco. La carne es dulzona y las fibras verticales se quedan entre los dientes, me siento un poco salvaje comiendo directamente del hueso, como una mujer de las cavernas.

Siempre nos dicen que la carne de monte sabe a pollo, pero en realidad la carne de monte sabe a humo, un poco a estiércol, a algo que debe ser consumido lo antes posible, con ganas, con ansia, es un deleite anormal el sabor del hierro y la sal.

Me he golpeado fuerte la cabeza y he percibido un sabor sanguinolento al final de la garganta, luego ha cesado pero tengo la misma sensación en el pecho, ha sido un poco perturbador comer ese bocado, me ha traído recuerdos de algo olvidado a propósito.

Un animal de monte se acerca poco a poco, insaciable y voluptuoso, como una verdad a medias circulando entre el mundo natural y el mundo espiritual. Paso a formar parte de su gran cuerpo en una nube sanguinolenta de arañazos y suspiros entrecortados. Me diluyo en la carne correosa y dejo de ser yo por un momento. La cabeza me estalla y siento el cuello entumecido y algo de sabor metálico en la lengua, creo que me la he mordido. Algún día pasaría.

El paisaje se acelera y yo permanezco en un solo punto del espacio, los árboles giran a mi alrededor como un tiovivo. No logro deshacerme de la sensación de que hago algo prohibido por milenios pero creo que solamente sobrevivo. Le doy un mordisco en el brazo y de pronto empieza a gritar sacándome de mi trance. No siento nada más que curiosidad por ese chillido agudo, no siento nada, sigo mordiendo la nada y la figura se retuerce de dolor y palidece. La noche se voltea y un golpe seco me lleva al silencio. Se lo que sienten las hienas ahora, esta vez no seré la presa, esta vez no.

La casa verde

Un cuerpo en la enramada

Tres golpes en el cuerpo me despiertan. El aire se consume a mi alrededor y estoy sumergida hasta las fosas nasales en una lluvia mohosa y ácida que me quema los pulmones desde adentro.

Sé que debo permanecer quieta para volver a flotar en la cama y evitar que me sumerja por completo. La habitación no tiene techo, no lo ha tenido por años y se alcanzan a ver los ladrillos y los alambres de la estructura como los huesos y músculos de un cuerpo humano. La desintegración es evidente. Respiro fuerte para mostrarle a la casa que estoy viva y me saco las cobijas mojadas de encima. Chapoteo descalza en la habitación parcialmente sumergida y siento el frío de la madrugada en las mejillas, como el aleteo de una mariposa pegada a mi cara, con las alas mojadas.

El resto de la casa no es ruinosa como mi habitación, me pregunto por que escogí el cielo abierto cuando el riesgo de morir ahogada o congelada es alto en esta temporada. La casa es cálida y antigua, con una chimenea grande y un salón comedor de piso de madera. Arañas de cristal penden del techo adornado con motivos botánicos.

La casa fue majestuosa en su tiempo, mi madre y mi tía hacen planes para colocar los muebles aún embalados con cinta y plástico mientras desayunan. Me miran mojada de pies a cabeza y me invitan a tomar café para calentarme. Ahora mis libros y pertenencias personales son más importantes, están en alguna caja de las 24 repartidas en toda la planta baja, así que si quiero ponerme ropa de abrigo tendré que registrar todo el lugar abriendo huecos en los cartones como una rata.

Camino y el piso cruje. Mi hermana aún no escoge su habitación, ella quiere alguna de la planta baja. Le da miedo subir las escaleras sola en la noche. Le he dicho que compartamos mi habitación pero a ella le gusta dormir sola. Además del hecho de que mi habitación es prácticamente una laguna.

No se da cuenta de que estoy mojada y me habla un poco ausente. Hay una puerta de la casa que no hemos abierto. Podría ser una buena habitación llena de sol y de dicha.

Abrimos la puerta y vemos a dos niñas pálidas sentadas en la misma cama. Ellas no se mueven. Mi hermana me mira helada. Me pregunta si soy capaz de ver lo que ella ha visto y le digo que sí. Una ráfaga de hielo recorre mi columna y los pequeños vellos de mi cuerpo se ponen de punta. No soy capaz de moverme. Y mi hermana tampoco.

Es la primera vez en muchos años que logramos vernos al espejo.